Que me encuentre reviviendo felices horas de antaño,
sumido en los recuerdos, sumido en la nostalgia
y así también en la dulzura que las cosas gratas conllevan en su magia;
nace del hecho, Escuela 21, que llegas a tus cien años.
Y las reminiscencias se agolpan, veo tus altas paredes, tu airosa figura,
tus aulas, tu patio espacioso, escucho la clara voz de bronce de tu campana,
llamando a clases, marcando la entrada, los recreos, la salida, de todo ello mana
el tesoro de recuerdos que guarda el alma, donde viven y perduran.
Vuelvo así a mis días felices de niño,
a entrar de nuevo en tus aulas, me veo sentado en mi banco,
veo a mis maestras, vestidas de blanco,
y de su noble tarea recibo enseñanza y cariño.
El recuerdo de esas maestras siempre ha de permanecer
en mi espíritu, en mi corazón,
fueron quienes aplicadas a su tarea con irrenunciable vocación
me enseñaron y educaron y así estimularon el fervor con que emprendí la maravillosa aventura de aprender.
¡Cuánto bien has hecho, incansable, en tus cien años de vida!
Fuente de luz, antorcha luminosa, de miles de niños iluminaste la mente,
que luego crecerían; pero en tí se plantó la simiente
y eso gloriosamente fue tu razón de ser en toda la centuria transcurrida.
¿Qué más decirte, vieja y querida escuela; te evoco con delectación,
de niño aprendí en tus aulas, corrí en tu patio, te amé con amor infantil en aquel tiempo;
pero hoy, anciano, entraría reverente en tí como en un templo,
y emocionado, mudos mis labios, mi corazón te diría de mi amor, mi agradecimiento, mi veneración.
Mucho es un siglo pero tu luz brillará por muchos años todavía.
Yo te canto en estos versos y sean ellos un ramo de rosas que te ofrendo, escuela mía.
lunes, 6 de julio de 2009
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Gracias, Don Eliseo, por abrir las puertas de su alma y permitirnos hoy, después de su partida, compartir su legado de amor y sabiduría, que se descubre al "transitar" sus versos.
ResponderEliminarGuardaré siempre en mí, su dulce recuerdo.