Negros infortunios, tenaces y despiadados,
golpe tras golpe sobre mi alma descargasteis,
pero sobre cada cruel herida que dejasteis
ella encontró el bálsamo curador que la ha sanado.
Quisisteis oscurecerla con las sombras
que encubre vuestro negro manto,
pero aunque tuvo tristeza y tuvo llantos
finalmente lució triunfos que seguro os asombra.
Todo hicisteis para impedirle gozar
disparasteis del carcaj todas las flechas,
que dirigidas todas ellas iban derechas
a no dejarle cantar, no dejarle reir, no dejarle soñar.
Vuestro golpe más duro recibido
fue cuando un hijo de mi carne arrebatasteis;
sin defensa, aturdido, me dejasteis
y por mucho tiempo me sentí vencido.
Pero ahora os digo: no luchemos más,
¿es acaso mi alma presa tan codiciada
que siempre por vosotros fue asediada?
Dejadla en su medianía, ella sólo quiere paz.
sábado, 11 de julio de 2009
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