lunes, 1 de febrero de 2010

Ser parte de una nube

Blanca nube que airosa y libre flotas
en el azul y alto mar del cielo,
quisiera llegar a ti en mágico vuelo
y convertirme en una de tus gotas.

Viajaría así por los anchos caminos
que invisibles abren para tí los vientos,
hasta que tu agua descienda al suelo sediento,
a apagar la sede de las plantas. Es tu destino.

Más yo no caería al azar y en cualquier lado,
buscaría hacerlo sobre bellas flores
pues sería una gota pretenciosa.

Descendería en un jardín bien cultivado,
donde son pródigos aromas y colores
y me posaría en el pétalo encarnado de una rosa.

Crueldad del hombre

Hombre, criatura la última llegada a la tierra,
cuando viniste la obra era acabada;
lo útil disponible, la belleza creada,
estaba a tu alcance todo lo que ella encierra.

¿No te bastaba disponer de los bienes necesarios
que hieres, destruyes lo bello de la naturaleza?
Parecieras odiar a la misma belleza,
como si te placiera el papel de victimario.

Al llegar tú estaban las montañas, los bosques y prados,
los ríos caudalosos, los gentiles arroyuelos,
las nubes, el aire puro, el azul y claro cielo,
las plantas y flores, las claras fuentes, los lagos sosegados.

Las aves cantaban, las aguas murmuraban,
se ondulaban los pastos, susurraban los vientos,
describían las gacelas sus gráciles movimientos,
se abrían las flores y el néctar las abejas libaban.

¡Oh! son muchas las cosas hermosas encontradas,
mucha la belleza delicada y fina
y que están siendo destruidas por tu mano asesina;
para tu codicia y egoísmo no hay cosa respetada.

Hoy las aguas son peligrosas, el aire venenoso,
todo se degrada, se destruye, se derrumba;
la morada de todos, para todos será tumba,
especies enteras mueren, hay un futuro horroroso.

Debiste haber llegado como hermano, como amigo,
con benevolencia para todos, con amor fraternal,
¿porqué no elegiste el bien y te dedicas al mal?
Así como te comportas, ¡eres un enemigo!

A mi madre

Ya no estás a mi lado, madre mía,
pero creo que tu espíritu pervive
y buscando llegar a él, mi mano escribe
lo que dicta mi corazón: esta elegía.

Madre, una vez yo fui tu niño
y me tuviste dormido en tu regazo;
¡como quiero volver a ser pequeño y en tus brazos
sentir otra vez que me envuelve tu cariño!

Mi amor no amenguó ni se ha extinguido,
es una estrella que aumentó su magnitud,
pues le agregué mucha, cuantiosa gratitud
cuando advertí cuanto de ti he recibido.

No solo los preciosos jugos con que me nutriste,
sino los desvelos, afanes y cuidados
que de niño ¡y aún adulto! me has brindado.
Quizás ni tú misma supieras cuanto diste.

¿Es verdad que las almas viven siempre, que no mueren?
Si es así, la tuya ¿dónde se encuentra hoy?
Si lo supiera, sin tardanza, dispuesto como estoy,
iría a encontrarte donde fuere.

Pero la muerte, que inflexible te llevó consigo,
no tardará mucho en buscarme a mí.
Quizás me haga el mayor bien, puesto que así
correría alborozado a estar de nuevo contigo.

¡Injusticia!

Hoy acudió a mi puerta, pidiendo por caridad,
una niñita tierna, inocente y desvalida;
ante el patético cuadro mi alma conmovida
se vio inundada de vergüenza y de piedad.

Vergüenza por el tremendo crimen cometido
al permitirse que esa mano infantil se tienda pidiendo pan
en vez de estar acariciando una muñeca.
De esta culpa, ¿hay acaso algún arrepentido?

Y la piedad inundó mi corazón
y el llanto asomar hizo a mis ojos.
Sentí piedad, mucha piedad, pero también enojo
ante una sociedad a la que mancha este baldón.

Esta criatura ¿porqué no está entregada
a los juegos inocentes de la infancia
en vez de recorrer larga distancia,
demandando una ayuda que a veces, ¡ay! será negada?

Niñita desdichada, víctima indefensa e inocente,
¿aún brota de tu boca infantil alegres risas?
¿aún cantas, aún juegas como niña? ¿Oh! que prisa
se dio la vida para herirte tan cruelmente!

La pequeña gran tragedia conmovió hondamente el alma mía
puse el pan que pedía, en esa mano tendida, en esa mano pequeña;
pero aún el llanto de mis ojos se despeña,
pues no pude darle más... ¿tengo las manos vacías!