domingo, 31 de enero de 2010

A una avecilla

En ese árbol que en el jardín alza sus ramas,
graciosa avecilla, instalaste tu morada
y la planta dichosa y halagada,
goza al brindarte techo, abrigo y cama.

Pero mi gozo es igual o mayor al contemplarte,
ver tu grácil vuelo, escuchar tu canto.
Es mucha mi admiración, mi cariño es tanto,
más, ¿cómo no conocerte sin amarte?

Admiro todas tus gracias, tu sencillez singular,
el candor de tu divina inocencia,
la falta de ambición de tu existencia.
Sólo pides granos en el suelo y aire para volar.

Tú no tienes deseos afiebrados de riqueza y de poder,
en tu pecho no hay tumulto de pasiones,
no vas tras de quimeras y vanas ilusiones;
sencillísima es tu vida, es puro y claro tu ser.

Me hace feliz verte vivir sin enojos,
aún en los rigores de la estación más fría;
verte, escucharte, siempre me dará alegría.
Eres solaz para mi alma, deleite para mis ojos.

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