Una puesta del sol, ¿cuánto cuesta?
¿Cuánto una nube blanca, volandera,
cuánto la brisa acariciante y ligera,
cuánto el dulce canto del ave en la floresta?
¿Quién podría tasar el valor o siquiera imaginarlo,
de la gracia de un prado florido, de un cerro azulino,
de un rayo dorado de sol, de la luna el rayo argentino?
Y nada ni nadie podría mercarlos.
Del oro, diamantes y perlas, se conoce el precio,
y cuesta afanes, angustias, hasta sangre el obtenerlos;
pero aquellos y otros bienes iguales, basta, no mirarlos sino verlos
para gozarlos. Justipreciarlos sería tonto, sería necio.
Cuando del hombre nada se sabía,
ellos ya estaban luciendo su gracia y su belleza.
Amémoslos, gocemos este don gratuito de la naturaleza,
puede el humano desaparecer... y ellos permanecerán.
jueves, 21 de enero de 2010
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