Si acaso sucediera en un aciago día
que un poder funesto dispusiera
que las sonrisas en el mundo se extinguieran,
mi sonrisa, de mi alma y de mi rostro, las últimas serían.
Si ese poder, terrible y ominoso, fuera tanto,
que matara en el mundo las canciones;
sin permitir indulgentes excepciones;
sería yo el último en hacer oír el canto.
Más al acatar el terrible decreto y su inclemencia,
fuera tanto el dolor, desencanto y desazón,
que llorosos los ojos, mustios el alma y corazón,
temprano fin pondría a mis existencia.
¿Quién lo soportaría, quién quisiera vivir
una vida a la tristeza condenada?
Insoportable fuera nuestra terrestre morada
si cantar no se pudiera ni se pudiera sonreir.
jueves, 21 de enero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario