lunes, 1 de febrero de 2010

A mi madre

Ya no estás a mi lado, madre mía,
pero creo que tu espíritu pervive
y buscando llegar a él, mi mano escribe
lo que dicta mi corazón: esta elegía.

Madre, una vez yo fui tu niño
y me tuviste dormido en tu regazo;
¡como quiero volver a ser pequeño y en tus brazos
sentir otra vez que me envuelve tu cariño!

Mi amor no amenguó ni se ha extinguido,
es una estrella que aumentó su magnitud,
pues le agregué mucha, cuantiosa gratitud
cuando advertí cuanto de ti he recibido.

No solo los preciosos jugos con que me nutriste,
sino los desvelos, afanes y cuidados
que de niño ¡y aún adulto! me has brindado.
Quizás ni tú misma supieras cuanto diste.

¿Es verdad que las almas viven siempre, que no mueren?
Si es así, la tuya ¿dónde se encuentra hoy?
Si lo supiera, sin tardanza, dispuesto como estoy,
iría a encontrarte donde fuere.

Pero la muerte, que inflexible te llevó consigo,
no tardará mucho en buscarme a mí.
Quizás me haga el mayor bien, puesto que así
correría alborozado a estar de nuevo contigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario